Pensemos en el Mediterráneo


Pensemos qué es el Mediterráneo. Una de las primeras cosas que se nos viene a la mente es el Mediterráneamente de Estrella Damm, quizás sea porque desde hace 10 años inauguramos la “época más feliz del año” con sus anuncios, o porque en realidad sea una de las pocas promociones populares del espacio Mediterráneo. La analista de género y periodista Marta Roqueta utiliza un lenguaje sarcástico para criticar duramente ese imaginario Estrella Damm del Mediterráneo: en sus anuncios solo vemos gente blanca, guapa y joven riendo, cantando, comiendo y bebiendo bajo cielos estrellados y playas paradisíacas, y al final siempre el mismo mensaje, Mediterráneamente. Si fuésemos ajenos a las realidades, ¿quién no querría vivir en semejante paraíso publicitario? ¿quién no querría sentirse Mediterráneamente? Pero como no lo somos sabemos que también existen otros Mediterráneos: el de la gente que no bebe alcohol, el de los barcos pateras que no encuentran puertos donde ser acogidos, el de las crisis políticas, el de las religiones, el de las ciudades multiculturales; y otros muchos mediterráneos que no encuentran su sitio en el imaginario presuntamente idílico y occidentalista de lo que en realidad es este espacio.

Si queremos superar esta idea que solo da representación a la cultura y formas de vida de la orilla norte del Mediterráneo -y obviamente ni siquiera, ya que sabemos que no todo son paraísos aquí- tenemos que intentar encontrar lo común del Mediterráneo, o al menos intentar que cuando se hable de la región se aborde desde la diversidad y se contemple en su totalidad. Además, no podemos quedarnos solo con lo bueno, sino que debemos ajustarnos a la realidad y ser conscientes que el contexto actual ha hecho del Mediterráneo un sinónimo de catástrofe humanitaria.

Se ha hablado últimamente bastante sobre la necesidad de identificar unos valores comunes o una ética colectiva en una cierta área específica, normalmente para justificar la cohesión de ésta. La región a estudiar suele ser un Estado-Nación y ahí todo parece más fácil que cuando nos enfrentamos a zonas más amplias que superan las fronteras de los países, ya que los últimos presentan un marco jurídico y político claro que ayuda a la delimitación.

Seguramente este afán provenga de la relevancia que el pensamiento postmoderno le ha otorgado a las identidades. Los feminismos, por ejemplo, nos han hablado de deconstruir las identidades de género, aunque a la vez han defendido férreamente la necesidad de normalizar las identidades no-normativas, por ejemplo sexuales, e incorporarlas a la hegemonía social. Es posible, además, que el gran reto de la filosofía política de las corrientes de izquierda sea resolver un dilema que mucho tiene que ver con la identidad y que trataremos también aquí: ¿respetar las identidades minoritarias/marginales aunque eso suponga respetar valores y formas de vida que chocan con una ideología progresista? Un ejemplo de lo último sería el burka, la carne kosher, la mutilación genital femenina o los matrimonios concertados.

Quizás lo más importante entonces no sea definir cuáles son esos valores e identidades comunes, sino que a partir de una diversidad evidente seamos capaces de construir cooperación mediante puentes equitativos y solidarios, aunque sepamos que no es mucho lo que nos une a nivel de valores o ética. Es decir, que haya una cultura común no tiene que ser una condición necesaria para una buena colaboración, ya que por mucho que nos esforcemos en probar que lo que nos une es más que lo que nos separa no siempre será fácil de demostrar ni convencerá a todo el mundo.

Arjun Appadurai nos advierte que “nadie puede entablar un diálogo sin asumir serios riesgos”. Según este antropólogo, si aceptamos que el diálogo es siempre un asunto arriesgado, podemos preguntarnos cuáles son los riesgos implícitos y por qué merece la pena, e incluso se hace obligatorio, aceptar hoy tales riesgos. Desgraciadamente, parece más fácil matar que dialogar porque algunos no quieren convencerse con razones. El ser humano es un animal simbólico y los conflictos aparecen por el desconocimiento del sentido de las cosas, o peor aún, por las distintas interpretaciones que hacemos de los significados y por la complejidad de asumir las diversas filiaciones. “La identidad de cada uno de nosotros está formada por numerosas filiaciones, pero en lugar de asumirlas todas, tenemos la costumbre de erigir una sola –la religión, la nación, la etnia u otras– como filiación suprema que confundimos con identidad total, que proclamamos frente a los demás y en cuyo nombre, a veces, nos convertimos en asesinos”, afirma Amin Maalouf.

Aun así, tal y como decíamos al principio estaría bien conseguir definir un imaginario común mediterráneo para que al menos se haga justicia en su representación simbólica, aunque no sea condición obligatoria para las relaciones solidarias entre territorios. Son bastantes los autores y autoras que han tratado la idea del Mediterráneo como región común desde diferentes áreas de análisis. Lo cierto es que muchas de las tradiciones que cada grupo considera “suyas” también son “de los otros”: fruto de migraciones, del comercio o de los procesos civilizadores mutuos, a menudo violentos.

Fernand Braudel -importante historiador francés del Siglo XX- escribió que “el Mediterráneo, más allá de sus divisiones políticas modernas, es tres comunidades culturales: tres enormes y vivaces civilizaciones, tres maneras cardinales de pensar, creer, comer, beber, vivir…”. Estas tres comunidades que Braudel describe son, para empezar, Occidente, consecuencia de las grandes civilizaciones romanas y griegas; también el Islam, una cultura que se extiende desde Marruecos hasta el océano Indico, y se adentra en el desierto; así como el mundo ortodoxo, heredero de Bizancio, que encontramos en Bulgaria, Rusia y los Balcanes. Las civilizaciones que se han sucedido en las riberas del Mediterráneo son las que lo definen y hacen que tengan una herencia cultural tan fuerte y rica.

En referencia a esta diversidad, el sociólogo libanés Amin Maalouf dirá que “hasta que no nos acostumbremos a ver el Mediterráneo desde la pluralidad seguiremos hablando de choque de civilizaciones y de un conflicto que ya hace demasiado tiempo que dura en el idílico marco del Mediterráneo, tan rico, tan bello, tan plural”. Y es que tiene bastante sentido que Maalouf hable de demasiado tiempo, ya que la historia del Mar Interior, es realmente una historia conjunta, es decir, no tiene sentido analizar las regiones de forma independiente porque unas influyeron -y continúan haciéndolo- en las otras de manera significativa. Para Braudel[1] “la historia del Mediterráneo, desde sus inicios más remotos, se haya plagada de intercambios, por lo que la naturaleza misma del hombre mediterráneo es el continuo desplazamiento e interrelación con los demás puntos de la costa mediterránea”.

Friedrich Ratzel, el fundador de la Geografía Humana, defendía un determinismo ambiental o geográfico, o la corriente que viene a considerar que el Ser Humano basa los cimientos de sus comportamientos, sus sociedades y sus estructuras políticas en las características específicas de su medio ambiente. E. C. Semple lo explicaba afirmando que el humano es un “producto de la superficie de la tierra”. Sin embargo, estas teorías están prácticamente refutadas y la intención de este trabajo sería alejarse de cualquier determinismo biológico[2] que trate material culturales, sociales y políticas, ya que el determinismo en estos ámbitos únicamente impone barreras al cambio y da una definición de cultura esencialista que es realmente peligrosa a la hora de debatir sobre las diferencias sociales. Por lo tanto, acogeremos la idea de las culturas no estáticas, que se adaptan y dinamizan en los diferentes entornos donde se encuentran y a través del tiempo.

Aquí defenderemos que las causas inmediatas de los fenómenos culturales son otros fenómenos culturales, y en ello coincidimos una vez más con Braudel, que siendo conocedor de las propuestas de Ratzel, retoma la importancia que la situación geográfica y ambiental cobra sobre las formaciones políticas y culturales, pero cuidando no caer en un determinismo. En este sentido Braudel definió a la Geohistoria como “el estudio de las relaciones económicas, culturales y de intercambio que los hombres entablan en un espacio geográfico a través de una duración muy larga”. Y a consecuencia de su marco metodológico, dirá entonces que “el Mediterráneo no es únicamente el volumen de sus aguas sino también las relaciones que entablan sus hombres, las fronteras de este océano son mucho más dilatadas que las que aseguran los geógrafos convencionales”.

Si tenemos la posibilidad y necesidad de descubrir cuáles son los valores comunes del Mediterráneo es porque esta región tiene una historia común que nos permite hacerlo. Y es una historia común porque no podemos analizar regiones concretas sin tener en cuenta las otras, ya que como decíamos, una de las esencias de la región es las interconexiones e intercambios entre los diferente países. La antropóloga Maria-Àngels Roque nos recuerda que “el ethos o comportamiento de los pueblos está ligado a los valores y las representaciones colectivas, y estas están, al mismo tiempo, ligadas a la historia específica. En la dinámica social, los valores varían con el tiempo, por lo que dentro de las identidades colectivas cotidianas se manifiestan diversos estilos de vida que comportan nuevas complejidades, que contemplan una fricción-fusión entre tradición y cambio”[3].

Recordando que sería conveniente pensar el Mediterráneo en la diversidad, debemos tener claro que la historia de esta región es la historia de la interacción entre culturas. El Mar Mediterráneo ha sido uno de los más importantes para el ser humano debido a que es poco profundo y tiene escasas corrientes, lo que facilita la navegación. Sus riberas tienen un clima templado con veranos secos y calurosos así como inviernos con heladas y lluvias suficientes para la agricultura. Además sus islas están a poca distancia de los territorios continentales lo que ha facilitado el contacto entre los pueblos y el traslado de mercancías.

El Imperio Romano -en su mayor extensión en el año 60- es la única unión política en la que han convergido todos los países del Mediterráneo, o mejor dicho del Mare Nostrum. La expansión del Islam también fue un momento de conexión intenso de los países mediterráneos, ejemplo de ello es Al-Andalus y la maravillosa mezquita de Córdoba. Como no, también las cruzadas católicas o el comercio entre Oriente y Europa mediante comerciantes italianos en el Siglo XIII.

A partir del siglo XIX los estado europeos emprendieron la colonización de territorios de la cuenca mediterránea en el Norte de África y Oriente Medio. Este será seguramente el factor histórico mediterráneo más importante para entender la actualidad, ya que tiene muchas consecuencias a día de hoy y puede ayudar a tomar ejemplos sobre cómo no llevar a cabo la relación Norte-Sur. La colonización fue posible justamente por una relación asimétrica Norte-Sur, ya que en definitiva es una parte de la historia producida activamente por el Norte y sufrida pasivamente por el Sur.

Gonzague de Reynold (1944) decía que “Europa es el continente que debe proyectarse fuera de sí mismo, es el de la expansión y la conquista, del descubrimiento y de la colonización. Europa ha nacido imperial. Ha sido creada para ser el globo. Los otros continentes son pesados e inmóviles. Aun en el mapa, Eu­ropa parece moverse”. Y son precisamente imaginarios como este último los que dañan la relación de las dos orillas y  deberían ser eliminados, ya que mantienen la idea de la superioridad del Norte, que aunque los países africanos hayan conseguido la independencia política mantienen aun grandes dependencias en otros ámbitos como el económico. El fin del colonialismo y la necesidad de crear una identidad diferente a la de los colonizadores no contribuyó a crear una “mediterraneidad” común a las dos orillas, como hubiera deseado Albert Camus.

Si bien decíamos que una de las esencias del espacio Mediterráneo era los intercambios y relaciones, estos también se han dado mediante las migraciones, que han estado presentes siempre en la historia y que se han dado tanto del Sur al Norte como del Norte al Sur. Desafortunadamente el discurso racista que ha encontrado terreno fértil en Europa se basa en dos suposiciones erróneas: que la migración es un fenómeno nuevo y que este mar ha estado dividido desde la antigüedad, es decir, que siempre ha habido un desplazamiento Sur-Norte[4]. A principios de la Edad Moderna era sobre todo la población europea la que se desplazaba a África y Oriente Medio en busca de una vida mejor o para escapar de la persecución religiosa. Es decir, lo que ahora llamaríamos refugiados políticos o económicos también fueron en su día del Norte del Mediterráneo y se desplazaron al Sur. Esta tendencia aumentó en el siglo XIX y se mantuvo hasta el XX: los campesinos empobrecidos de España, Malta, Italia y Francia migraron en masa hacia África del Norte. Después del principio del pasado siglo se produjo un cambio en la dirección contraria, ya que tuvo lugar un primer flujo de campesinos empobrecidos que se desplazaron desde el Norte de África hacia Europa a causa de la colonización. Tras los movimientos de independencia después de la Segunda Guerra Mundial se produjo el regreso de los europeos que se habían establecido en las colonias; y más tarde, en los setenta, la llegada de trabajadores procedentes del sur del Mediterráneo impulsado por los gobiernos europeos que necesitaban mano de obra barata. Este último fenómeno vuelve a repetirse en los 2000.

En conclusión, la historia nos muestra que una de las esencias y valores del Mediterráneo es el intercambio y las migraciones. Y además, que el rumbo de estas migraciones no es inmutable, sino que ha cambiado en función de las condiciones sociales y económicas de cada tiempo en cada espacio, lo que quiere decir que aunque actualmente se de un mayor flujo del Sur al Norte puede haber un giro de tendencias en cualquier momento.

CaixaForum acogió en el 2014 una exposición llamada Mediterráneo. Del mito a la razón. El profesor comisario de la exposición, Pedro Azara, dice que “El Mediterráneo es un espacio imaginario y mental, más que físico. Los límites no son los que establecieron fenicios, griegos o romanos, sino los que la imaginación alcanza. El Mediterráneo geográfico subyace al soñado”. Soñado e imaginario, y añadiría pensado y esperado, valores que se unen con las inquietudes de lo que después se transformaría en literatura, pensamiento, filosofía y política del Mediterráneo. Añade, “En esta época en que la corrupción y la codicia parecen ser los arriates de la democracia alecciona remontarse en el tiempo”. El tiempo que vio nacer el ágora pública y la democracia ateniense, “con sus luces y sombras, ya que se sustentaba sobre los esclavos”.

Y es que los primeros filósofos griegos (los presocráticos), ubicados en el Mediterráneo oriental ya fueron parte de esas interrelaciones, ya que recibieron flujos de ideas entre las florecientes civilizaciones de Oriente gracias a los puntos establecidos con las ciudades jonias de Asia.

Platón, después, nos legó una significativa obra que mucho tiene que ver con el pensamiento Mediterráneo actual. Sus ideas son fruto de los conflictos del mundo en que vivió, por un lado multicultural y cosmopolita, creativo, democrático, expansivo, por otro bélico, patriarcal y esclavista. Algo que se ha repetido en el Mediterráneo constantemente y que mediante Platón hemos aprendido a remediar usando el diálogo y la reflexión pública a través del compromiso del pensamiento democrático.

Recordemos que en Europa, el estereotipo excelente del Mediterráneo se consolidó gracias al Romanticismo. Goethe hacía referencia a una cultura armoniosa y solar en su viaje a Italia. Pero esa idea se transformará rápidamente en sinónimo de atraso, y necesitará la rememoración del pasado y el patrimonio artístico (véase la Roma decadente) para mantener el honor de ser “la cuna de la civilización”.

Dirá Francisco A. Muñoz que haciendo uso de la mitología griega podríamos afirmar que la mediterraneidad se ha visto sujeta al “Síndrome de Penélope” en el que continuamente se teje y se desteje. “En cualquier caso el tejido permanece sobre un mismo bastidor, con un mismo proyecto que nunca termina de estar acabado pero que, sin embargo, es una realidad que rompe las fronteras estáticas”. Podríamos decir que actualmente los países mediterráneos se encuentran capeando tempestades, como hicieron algunos de sus más representativos personajes míticos, Ulises y Simbad, sin olvidar al bíblico Jonás, que estuvo tres días en el vientre de la ballena. Aunque sus historias son amargas y sus trayectorias están llenas de peligro, estos personajes no dejan de fascinarnos. Además, todos llegan salvos a tierra, lo que constituye una metáfora de continuidad y renacimiento.

Elsa Soro[5] define el espacio mediterráneo como complejidad “formada por la superposición de lenguas, prácticas sociales, culturales y subjetividades que se encuentran en encrucijadas y necesitan traducirse para cobrar significación”. Resalta un punto muy importante que es cómo contribuyen los medios de comunicación a este proceso constante de traducción y formación de nuevo sentido, es decir, a crear imaginarios simbólicos. Su pregunta, y a la vez la nuestra, es si esas construcciones discursivas generan espacios de convivencia o separación, teniendo en cuenta que los aspectos culturales juegan un papel determinante en la construcción de la identidad mediterránea. Así pues, a partir del antagonismo de convivencia o separación, ¿es esta identidad aglutinante o excluyente? Desde Europa se ha dado una imagen muy deteriorada de la gente del sur del Mediterráneo, sobre la guerra de Siria, hablando sobre la crisis de los refugiados y de los ataques brutales jiihadistas. Esto está impidiendo la creación de narrativas que apunten por los intereses comunes y la interacción cultural entre norte y sur, además de la creación de unas narrativas simplificadas que cierran las barreras mentales y físicas y que acaban por la polarización cultural absoluta.

La antropología centrada en el análisis del Mediterráneo ha buscado reconocer una ética propiamente mediterránea a través de los estilos de vida de las diferentes sociedades y regiones. Según Elsa, todos los documentos “señalan el diálogo y la comprensión mutua y crean discursivamente un espacio dividido entre dos partes, las «dos orillas«, entre las cuales se pretende reconstruir un lazo y crear una memoria cultural compartida”. Hay una esfera de valores positivos como la democracia, los derechos humanos, las libertades fundamentales, el intercambio de información, el respeto a la diversidad y al pluralismo, el derecho a la autodeterminación y el respeto a la integridad territorial, de los cuales parece que ambas orillas se han retroalimentado. Pero después se construye discursivamente unos anti-valores, que constituyen una amenaza a la homogeneidad del espacio, mostrándolo conflictivo y dividido; y que ponen en peligro todo lo que se ha intentado construir de positivo. En definitiva, vuelve a ser la imagen del Mediterráneo en continua pulsión entre lo que es, lo que quiere llegar a ser y el conflicto que no le permite serlo.

Seguramente una solución para ese conflicto sería admitir la diferencia, porque como hemos dicho, el Mediterráneo es diversidad. Los universos de sentido, que los medios de comunicación contribuyen a crear, deberían abrirse y admitir que lo que somos viene “desde lejos” para conocer así lo que nos une. Pero además de ser conscientes de que “viene de lejos” también hay que serlo de que “no viene de siempre”. Esta sería una manera de comunicar la cultura que uniera pero huyera de determinismos, y así nos permitiera ver la construcción de la cultura mediterránea como algo de lo que indirectamente todos formamos parte.

La Fundación Anna Lindh sea quizás una de las fundaciones que ayuda a mantener la unión en la diversidad de la zona Mediterránea, ya que realiza muchísimos informes[6] sobre lo común de la región en cuestiones que van más allá de la política o la economía, centrándose en los valores y la ética. Fue creada por los 35 países del Paternariado Euromediterráneo con el objetivo de mejorar el conocimiento recíproco y la calidad del diálogo cultural entre las dos orillas.

El informe de Mohamed Tozy, In search of the mediterranean core values, tiene el objetivo de encontrar los valores fundamentales del mediterráneo a través de las preguntas: ¿Es el mediterráneo una realidad popular y social? ¿Podemos hablar de una convergencia de valores o conflicto? Debemos tener en cuenta que el informe es del 2010, en el contexto de la Primavera Árabe y la crisis en Europa y que las encuestas se realizan en países europeos y países MENA (Medio Oriente y Norte de África).

Cuando se les ha preguntado con qué asocian el Mediterráneo el 56% contesta comida y estilo de vida, el 50% hospitalidad y el 49% historia en común; esto refleja unas formas de vida que le dan importancia a las tradiciones y la cultura.

En cuanto a la democracia, la idea que se tiene en ambas orillas es muy parecida: libertad (50%), libertad de expresión (38%), elecciones libres (15%), dignidad humana (15%) y prosperidad (13%); por lo tanto, en el Mediterráneo se tiene una idea bastante consolidada de la democracia y sus beneficios para las sociedades, además de liberal ya que las características que dan tienen que ver sobre todo con el individuo. Debemos resaltar que incompatibilidad del Islam con la democracia ha sido refutada por importantes analistas del sur del Mediterráneo como Fatema Mernissi, Abderkader Zghal o Abdukl Filali Ansari.

Una de las preguntas interroga sobre el rol de la mujer en el futuro. El resultado rompe el estereotipo, ya que los países del Mediterráneo sur dan más puntos al rol que la mujer tendrá en el futuro. Esto puede explicarse a la luz de los grandes avances logrados por las mujeres en los países del norte del África debido al aumento de la tasa de educación universitaria entre las mujeres y al aumento de su participación política en el parlamento, partidos y posiciones gubernamentales superiores, además de su mayor contribución a la economía del desarrollo. “Desde el año 2000, las mujeres han invadido las cadenas de televisión que se ven por satélite y han puesto fin al monopolio de los hombres en el espacio público” asegura Mernissi. Aunque las mujeres son una de las fuentes subyacentes de cambio y energía en los países árabes y en el contexto geopolítico actual, en los medios de comunicación europeos se da una imagen de la mujer árabe siempre negativa y relacionada con la pena y la sumisión. Hemos de tener en cuenta la importancia que tienen los medios de comunicación en las sociedades y en la creación de imaginarios. Podemos concluir entonces que la expectación del rol de la mujer en el futuro en el Mediterráneo es positivo y compartido, aunque en el mundo árabe hay una falta de mujeres en los puestos de liderazgo y toma de decisiones. Concluimos entonces que el avance y empoderamiento de la mujer es una realidad en ambas orillas.

Un valor en el que se coincide profundamente es el escepticismo en la acción colectiva, tanto en la actividad civil como en los partidos políticos, dándole así más importancia a la acción individual. Esto sin duda está relacionado con las crisis políticas en el Mediterráneo y la Primavera Árabe, con la que muchos individuos han descubierto nuevas formas de participación alternativas y que ha coincidido en las diferentes áreas del Mediterráneo. Encontramos las mismas aspiraciones al bienestar y la seguridad en el norte como en el sur, cada una buscando los fallos del sistema. En el sur, con una emergencia de sociedad civil que lucha por obtener sus derechos de ciudadanía y, en el norte, con unas corrientes críticas frente a un sistema de liberalismo económico exacerbado que ha producido una fuerte crisis en la que peligran los derechos adquiridos.

Otro de los informes es el de Sara Silvestri: Religion and social cohesion at the heart of intercultural debate. La tesis que defiende es que las recientes transiciones democráticas de los países MENA han abierto el camino a la secularización y la difusión de creencias ateas. Aunque se le sigue dando bastante importancia a los valores religiosos para educar a los hijos (más en África que en Europa), el interés en otras culturas y religiones es prácticamente el mismo. De aquí quiere concluir que no podemos diagnosticar que la religiosidad de los individuos de un país sea un factor determinante para el respeto a la diversidad cultural. Hay una especie de concienciación en el mundo Mediterráneo que el mundo se está volviendo más plural, y por ello es necesario aceptarlo para la convivencia pacífica. En Turquía, Egipto y Marruecos, por ejemplo, cae enormemente la importancia de los valores religiosos en la educación (del 62% al 30%). Y de ahí un idéntico porcentaje (82% y 83%) entre ambas orillas en la importancia que se le da a la diversidad cultural y religiosa para la prosperidad de sus sociedades. Aunque en la orilla sur hay una mayor creencia en la existencia de normas universales que gobiernan las relaciones humanas y las estructuras sociales, 53% en países MENA, mientras en Europa un 26%.

Antoine Messarra –Respect for Cultural Diversity on the Basis of Ethical Standards– defiende que es imposible entender la diversidad como un factor de riqueza y prosperidad si no está asociada a una cultura humanista que adopta el respeto por los Derechos Humanos. Argumenta que la concienciación sobre la diversidad en nuestras comunidades y la región mediterránea debería complementarse con las implicaciones en su gestión dentro de cada sociedad.

Cuando se pregunta sobre el valor que se le da a la obediencia, el 22% en la orilla europea respondería dándole importancia, y el 26% en la africana. Aunque hay unos pocos puntos de diferencia sería importante señalar el hecho de que la obediencia puede ser interpretada como “sumisión” a una ley divina o religión, pero también podría significar la obediencia a la norma o el orden público. Podemos encontrar aquí un valor en común, la obediencia, a la cual se le da una mediana importancia, y que nos sirve como un muy buen ejemplo de la unión en la diversidad de la que hablábamos. La obediencia como valor, ya sea a la religión, a la ley, al orden, etc. que a pesar de tener un objetivo diferente pueda convergir en políticas conjuntas. La fe, la ley, la política, no son tan distintas en las estructuras mentales de obediencia y confianza ciega en esa creencia.

Las dos religiones preponderantes en el mundo Mediterráneo son el Islam y el Cristianismo. ¿Qué tienen en común? Lo más importante es que ambas son compatibles con la democracia, y este ya es un gran paso necesario.

En cuanto a creencias, ambas son religiones monoteístas y tienen esta propiedad como columna vertebral de sus dogmas. A través de la oración y las plegarias, y estableciendo una relación con Dios, tanto el Islam como el Cristianismo, consideran que se puede alcanzar la bondad y estar en un constante estado de paz y tranquilidad. Además, El Creador Todopoderoso es visto como un Ser preocupado activamente por lo actos y acciones de sus seres humanos. Es por lo tanto, un Dios vivo, autosuficiente y siempre presente que mantiene y controla las formas de vida y conductas de cada individuo; a parte de ser el creador de todas las cosas, por Amor.

Las dos religiones poseen también lugares santos, creen en la vida después de la muerte y en la inmortalidad del alma.

Hemos analizado ya cuáles son los valores y puntos en común de la zona Mediterránea. A la vez, también nos ha quedado claro que las relaciones entre el Norte y el Sur son complicadas y poco igualitarias. Veamos que podemos decir de esas relaciones.

Francisco A. Muñoz escribe un texto muy interesante[7] en el que define el Mediterráneo como una “complejidad física, humana, histórica, cultural o religiosa. Esta complejidad puede convertir al Mediterráneo en una maraña que separa, que actúa de frontera, como en un espacio comunicativo, de acuerdo con la capacidad que tengamos para entender y vivir su riqueza”. El espacio Mediterráneo, entonces, se crea como respuesta -de los grupos humanos que viven en él- a su supervivencia, a la satisfacción de sus necesidades y a su conflictividad. Según esta visión no habría realmente algo así como una conciencia mediterránea, sino que sería más bien un resultado final en el que la naturaleza es inseparable de las sociedades y las culturas y de la necesidad ineludible de comunicarse de las sociedades humanas.

Francisco hace una explicativa, y a la vez bonita, analogía a través de la etimología de la palabra frontera, recurriendo a la idea de reforzar un algo común mediterráneo pero siendo conscientes de la realidad fronteriza de los estados que la componen. Frontera proviene del latín fronte y ero, que nos da el significado de “puesto y colocado enfrente”, lo que necesariamente no quiere decir separar. Así el espacio del Mediterráneo serían dos fronteras que se miran, se hablan y se encuentran separadas por el agua. En este sentido las fronteras existen y no tienen porque ser necesariamente un problema. Y de hecho, ya no es ni siquiera que nos sea un problema, sino que aquel que está enfrente -“el Otro”- es quién nos identifica, si tenemos en cuenta que normalmente nos definimos por lo que no somos y por lo que son los otros. El problema es que muchas veces desde la orilla europea se ha visto a la Otra orilla como un modelo a repudiar, y como un lugar del que aprovecharse y sacar rendimiento. Esto lleva a la necesidad de replantearse la mirada que queremos hacer hacia el Otro lado de la orilla. Y por lo tanto, redefinir un nuevo enfoque de las relaciones Norte-Sur.

Podemos afirmar que el Mediterráneo se encuentra en un momento de crisis, se ha vuelto hoy un muro. Contrariando la imagen poética del agua -abundancia y vida- el Mediterráneo se ha convertido en un lugar al que muchas personas se lanzan en busca de vida, pero que paradójicamente la acaban perdiendo en el encuentro con la muerte. La historia reciente del Mediterráneo muestra de nuevo una relación extremadamente complicada de las políticas europeas que, lejos de la visión humanista, dan la espalda al sufrimiento y la dignidad. Este Mediterráneo que quita vidas podría remontarse, como decíamos antes, a las relaciones desiguales que se dieron un día en la colonización europea de África, relaciones que se deberían tomar como el ejemplo a no seguir.

La antropología cultural ha contribuido a plantear reivindicaciones en un plano de igualdad por parte de las culturas sometidas o periféricas, y siguiendo este hilo ha planteado el concepto de neocolonialismo. Lo que Balandier definiría como “jerarquización de la diversidad”. Este concepto critica el papel neocolonial de Europa en África, sobre todo a nivel cultural. Mientras las tradiciones occidentales vienen tomadas como arte, las africanas suelen ir ligadas a un imaginario de barbarie, misticismo y prehistoria, que en definitiva se relaciona con una falta de civilización. La antropología ha tratado de negar la línea del progreso que determina la superioridad de unas culturas sobre otras, y que sirvió como justificación “civilizadora” en la colonización. Algo tan evidente como que si la cultura es un conjunto de tradiciones -lengua, música, comida, parentelas…- no hay unas que puedan estar por encima de otras, ayudaría mucho a reconfigurar las relaciones Norte-Sur. La línea del progreso ha hecho morir a demasiada gente como para que nos podamos permitir continuar con este pensamiento. En concreto, la mujer africana se ha visto plenamente perjudicada por este imaginario, ya que siempre se muestra como víctima que debe ser salvada; se plantea su verdadera voluntad personal en todas sus acciones; y se la trata con cierto infantilismo. Decir que las mujeres musulmanas no son libres, desde nuestro punto de vista de la libertad se llama etnocentrismo[8] (a parte de islamofobia) y debe ser superado si queremos establecer lazos de solidaridad equitativos, donde unos no sean siempre los que tenga la voz para concluir lo que se debe hacer y lo que está bien.

Es imposible cambiar las relaciones desiguales entre las dos orillas si no cambiamos el imaginario. Ya hemos dicho que el que más afectado se ve es el de las mujeres árabes. Seguramente todos estaremos de acuerdo en que se debe trabajar sobre el imaginario del Mediterráneo Sur, pero también debemos hacerlo sobre el del Norte. Tenemos muchos testimonios de personas que llegan de forma clandestina a Europa desde África que afirman haber invertido todos los recursos de sus familias y todos sus esfuerzos humanos para llegar a la Europa de los Derechos Humanos. Estas personas que cruzan el Mediterráneo -sobre todo los inmigrantes económicos- poniendo en peligro sus vidas lo hacen porque les han vendido la idea que una vez que crucen a suelo Europeo aquello será el paraíso de los Derechos Humanos. Y tenemos que reconocer que no es así, que a pesar que la dignidad de iure es real no siempre se traslada de facto.

Una de las formas de establecer un nuevo enfoque para las relaciones Norte-Sur dentro del Mediterráneo es mediante instituciones, fundaciones, foros, etc.

Un ejemplo de ello es la Unión por el Mediterráneo, una organización intergubernamental formada por los Estados miembros de la UE, y 15 países socios mediterráneos del norte de África, Oriente Medio, y sudeste de Europa. La UpM constituye un foro de debate sobre la base de los principios de cooperación, toma de decisiones conjuntas y responsabilidad compartida entre las dos orillas del Mediterráneo. Su objetivo principal es mejorar la integración norte-sur y sur-sur para potenciar el desarrollo socioeconómico de los países que la componen y asegurar su estabilidad. Se centra en dos pilares básicos: impulsar el desarrollo humano y promover el desarrollo sostenible. En 2017, la UpM había aprobado ya 51 proyectos de cooperación regional.

Por otro lado, el informe de Anna Lindh señala la importancia que la Primavera Árabe ha tenido en las relaciones intra-mediterráneas. La mayoría de las personas encuestadas del norte de África creen que después de la Primavera Árabe las relaciones en el Mediterráneo serán mejores[9], ya que se ve como una coyuntura de oportunidades para proclamar ciertos valores que acercarían las dos orillas. “La fuerza de estos movimientos logró poner en cuestión la imagen estereotipada sobre la población árabe que se había construido desde septiembre de 2001 y la “Guerra contra el Terror” que homogeneizó a personas tan diversas como marroquíes y egipcios, tunecinos y libaneses, médicos e ingenieros, mujeres y hombres, trabajadores de la juventud y jubilados en un gran bloque: Una amenaza para tener cuidado”.

El movimiento protesta de los indignados en España, por ejemplo, se ha analizado a menudo en el contexto de crisis de la Eurozona, pero se ha hablado poco de la relación que tiene con el brote de protestas que surgieron anteriormente en el norte de África. Muchos de los países que bordean el Mediterráneo se han visto sacudidos por protestas, disturbios y agitación. Diversos movimientos juveniles han derribado gobiernos y dictadores, mientras los movimientos de protesta social cuestionan los programas de austeridad neoliberales. La región se ha convertido en el epicentro de una crisis social y política global, y en un laboratorio de nuevas formas de movilización social y política. Según manifiesta el profesor Günay, curiosamente solo ha habido unos pocos análisis que han tratado de vincular el malestar en el mundo árabe con los acontecimientos producidos en la orilla norte del Mediterráneo. Sin embargo, las razones de las protestas acaecidas en Túnez o Egipto no fueron muy distintas de las que impulsaron a la gente a salir a la calle en Madrid, Barcelona, Sofía, Nicosia, Tel Aviv o Estambul. Así, Cengiz Günay expone la idea de que los acontecimientos de ambas orillas del Mediterráneo apuntan a una crisis sistémica común.

Si el pluralismo, la inclusión, la justicia y la aceptación mutua fue la vanguardia de los movimientos de protesta en toda la región mediterránea, sería lógico que estuviéramos llegando al final de las visiones top-down diseñadas por los comités intergubernamentales y pasaremos a una visión igualitarista diseñada por los propios ciudadanos de cada país y desde la perspectiva del respeto a la diversidad.

Asociaciones de mujeres transnacionales

Una cultura humanista –valor que hemos definido como propio del Mediterráneo- no debería necesitar nada más que el Ser Humano para generar una política de cooperación conjunta, ya que supuestamente iría más allá de cada característica particular para centrarse únicamente en el Humano como especie, y su procuración del bien de manera desinteresada.

Aunque hemos visto que esa cultura humanista es propia del Mediterráneo cuesta encontrar asociaciones de mujeres transnacionales, que vayan más allá de culturas, tradiciones e ideologías en común. Quizás sea por la idea generalizada de la existencia de un feminismo general y universal, y dentro de este otros feminismos (por ejemplo, el feminismo islámico). Sin embargo, ¿deberían considerarse como muchos feminismo diferentes y no jerarquizados? Si nos paramos a pensar, volvemos a encontrar la misma problemática que habíamos desarrollado anteriormente: se considera el feminismo occidental el general y universal, y por ejemplo, el feminismo islámico, desarrollado en el Norte de África, un subgénero para complementar nuestro conocimiento dentro de el campo de género.

Sabemos la complicación que conlleva por la imposición de valores, el paternalismo, las luchas de poder y la diversidad de culturas. ¿Cómo encontrar entonces una forma objetiva y conjunta para favorecer a las mujeres cuando muchas de las reivindicaciones son de carácter cultural? La  respuesta más idónea sería que la cuestión del relativismo o universalismo solo puede resolverse mediante prestar atención y entender casos concretos. Pero sin duda, esto no conlleva que no sea importante y positivo la creación de lazos conjuntos que puedan aportar visiones distintas y constructivas de los diferentes debates. Y así es como deberían actúan la mayoría de estas asociaciones: “pensamiento global, acción local”, respetando y teniendo en cuenta siempre la diversidad. Se establecería un ideario genérico y a nivel regional se podría decidir, en función de lo establecido, como se actúa para respetarlo. Por ejemplo, no violencia contra la mujer.

Entre las múltiples dificultades que trae la actualidad está la de caracterizar a los movimientos transnacionales (planetarios, globales, mundiales) debido que como aun estamos imbuidos en la lógica de análisis del Estado-Nación.

Para empezar, estaría bien señalar que las redes sociales son espacios de intercambio, aprendizaje, producción y disputa mundiales. Se han convertido en herramientas de intercambio de información e ideas a nivel transnacional, ya que aunque los discursos estén territorializados acaban desarrollando un sentido común entre todos los que participan.

La Marcha Mundial de las Mujeres (MMM) es un movimiento mundial de acciones feministas que reúne a grupos y organizaciones de mujeres que luchan contra las causas que originan la pobreza y violencia contra las mujeres. Sus valores se articulan en torno a la mundialización de las solidaridades, la diversidad, el liderazgo de las mujeres y la fuerza de las alianzas entre mujeres y entre movimientos sociales. “La Marcha Mundial de las Mujeres es un movimiento compuesto por grupos de mujeres de diferentes orígenes étnicos, culturas, religiones, políticas, clases, edades y orientaciones sexuales. En lugar de separarnos, esta diversidad nos une en una solidaridad más global.”[10]

En el año 2000 surgió la idea de realizar una marcha mundial de mujeres a consecuencia de la marcha de las mujeres contra la pobreza, realizada en Québec en 1995, la cual tuvo una enorme repercusión social. Durante diez días, más de ochocientas mujeres recorrieron las calles reclamando viejas y nuevas reivindicaciones económicas, donde se explicitó la necesidad y la decisión de mundializar las luchas por la igualdad, el desarrollo y la paz. Han enviado sus reivindicaciones a FMI, Banco Mundial y Naciones Unidas, y han conseguido un espacio relevante en el Foro Social Mundial (FSM).

Además, se ha escrito una Carta Mundial de las mujeres para la Humanidad, basada en valores de libertad, igualdad, solidaridad, paz y justicia. “Estamos construyendo un mundo en el que la diversidad sea una ventaja, la individualidad al igual que la colectividad un enriquecimiento, donde fluya un intercambio sin barreras, donde la palabra, los cantos y los sueños florezcan. Este mundo considerará a la persona humana como una de las riquezas más preciosas. Un mundo en el cual reinará, equidad, libertad, solidaridad, justicia y paz. Un mundo que, con nuestra fuerza, somos capaces de crear” es el preámbulo de la carta.

ONU Mujeres es la organización de las Naciones Unidas dedicada a promover la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres. Como defensora mundial de mujeres y niñas, ONU Mujeres fue establecida para acelerar el progreso que conllevará a mejorar las condiciones de vida de las mujeres y para responder a las necesidades que enfrentan en el mundo.

ONU Mujeres apoya a los Estados Miembros de las Naciones Unidas en el establecimiento de normas internacionales para lograr la igualdad de género y trabaja con los gobiernos y la sociedad civil en la creación de leyes, políticas, programas y servicios necesarios para garantizar que se implementen los estándares con eficacia y que redunden en verdadero beneficio de las mujeres y las niñas en todo el mundo. Trabaja mundialmente para que los Objetivos de Desarrollo Sostenible sean una realidad y promueve la participación de las mujeres en igualdad de condiciones en todos los ámbitos de la vida. La Entidad se centra en cinco áreas prioritarias: aumentar el liderazgo y la participación de las mujeres; poner fin a la violencia contra las mujeres; implicar a las mujeres en todos los aspectos de los procesos de paz y seguridad; mejorar el empoderamiento económico de las mujeres; hacer de la igualdad de género un aspecto central en la planificación y elaboración de los presupuestos nacionales para el desarrollo.

ONU Mujeres cuenta con la Comisión de condición jurídica y social de la mujer, el principal órgano internacional intergubernamental dedicado exclusivamente a la promoción de la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer. La Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer desempeña una labor crucial en la promoción de los derechos de la mujer documentando la realidad que viven las mujeres en todo el mundo, elaborando normas internacionales en materia de igualdad de género y empoderamiento de las mujeres.

La Asociación para los Derechos de las Mujeres y el Desarrollo (AWID) es un organización internacional feminista fundada en 1982 que tiene por objetivo lograr la igualdad de género, el desarrollo sostenible y defender los derechos humanos de las mujeres. Entre sus objetivos está el luchar contra la discriminación de género, sexualidad, religión, edad, capacidad, etnia, idioma, nacionalidad, clase u otros factores. La organización también defiende la necesidad de apoyar a las pequeñas organizaciones de mujeres que no siempre tienen recursos pero que sin embargo son claves para avanzar en el desarrollo local.

Women’s Learning Partnership es una asociación de 20 organizaciones autónomas de derechos de la mujer ubicadas en todo el Sur Global que promueven el liderazgo, el compromiso cívico y los derechos humanos de las mujeres.

El Fondo Global para Mujeres es una fundación sin ánimo de lucro que financia iniciativas alrededor del mundo de derechos humanos con foco dedicado en las mujeres. Los fondos son recaudados con un número variado de fuentes y otorgados a organizaciones dirigidas por mujeres que promueven la seguridad económica, salud, seguridad, educación y liderazgo de mujeres y niñas. Además, publica cada año un informe de impacto.

La cuestión ecológica también nos ofrece bastante esperanza a la hora de unir lazos ya que será necesaria una acción y cooperación global para solucionar los problemas de degradación medio ambiental. Además, las mujeres como colectivo, son las que más afectadas se ven por los problemas medioambientales. Compartir racionalmente nuestros recursos naturales contribuirá a reforzar nuestras comunidades. Lo contrario, como dicen los analistas que tratan esta problemática, es decir, derrochar las riquezas ecológicas, los paisajes o el agua, desencadenará aún más conflictos.


[1] Un texto en tres duraciones: Braudel y El Mediterráneo

[2] El determinismo biológico firmaría que tanto las normas de conducta compartidas como las diferencias sociales y económicas que existen entre los grupos, básicamente diferencias de raza, de clase y de sexo, derivan de ciertas diferencias heredadas innatas, y que en este sentido, la sociedad constituye un reflejo fiel de la biología natural de cada ser humano.

[3] Percepciones y representaciones: Percepciones mediterráneas, un laboratorio de larga duración

[4] Felicita Tramontana: Los migrantes han cruzado el Mediterráneo durante siglos, pero antes se desplazaban de norte a sur. El País

[5] El espacio mediterráneo. Fronteras y traducciones en la ciudad plural

[6] Anna Lindh Foundation Intercultural research

[7] La trama mediterránea. Sobre los orígenes históricos del Mediterráneo (y de Europa)

[8] En la valorización de una cultura se tiende a desarrollar un carácter etnocéntrico, de acuerdo con el concepto clásico de centro-periferia en relación con el sistema o la posición dominante, como observamos ya en algunos mitos griegos. En el interior de una civilización siempre existirán unas pautas que den una cohesión «civilizadora».

[9] Recordemos que las encuestas se realizaron en el 2010

[10] Página Web de la MMM

Autora Patricia Lara

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