Contra la violencia de la desigualdad


Hacía tiempo que no vivíamos un 8 de marzo tan extraño. La pandemia ha marcado un punto de inflexión a nivel mundial. Nunca los más de 7.500 millones de personas que componemos la población del mundo nos habíamos sentido más cerca de componer una ciudadanía global.

Ciertamente no ha sido por un motivo feliz. El coronavirus ha provocado un enorme sufrimiento a personas y sociedades y por desgracia aún lo hará. Pero es verdad también que este tremendo dolor compartido nos ha obligado a asumir que no existe el otro. Que somos una sola humanidad con el destino entrelazado. Que cuando alguien queda atrás no se avanza, sino que se retrocede.

El coronavirus nos ha hecho entender, y ha sido entre lágrimas, que la desigualdad es el gran enemigo de nuestro mundo y de nuestra civilización. No sólo de los más desfavorecidos, sino de todos.

Porque la desigualdad, la desigualdad en cualquiera de sus formas, no sólo es injusticia, no sólo es desconexión de los valores humanos y democráticos. La desigualdad es violencia y engendra violencia. Una auténtica plaga que ha ido creciendo y extendiéndose en la misma medida en que el individualismo ganaba terreno a la conciencia de nuestro vínculo social. Hoy la máxima desigualdad, la máxima violencia, reside en aceptar que hay vidas prescindibles, que a alguien o a muchos, siempre los otros, pueden serle arrebatados los bienes esenciales, sin que ello importe.

Las mujeres conocemos muy bien esa desigualdad y esa violencia, y en este 8 de marzo, tenemos que seguir luchando, como desde hace tanto tiempo venimos haciendo, por una transformación del mundo que nos aparte de esta espiral terrible. Tenemos que buscar formas de vida y de actuación en la política, en la sociedad, en la cultura, en todos los ámbitos, que desenmascaren, limiten y desacrediten la violencia, “en un compromiso constante, como señala Judith Butler, de reorientar la agresión con el objetivo de afirmar los ideales de igualdad y libertad”.

Construir e instaurar una ética y una política de la igualdad, frente a la política del odio, es sin duda la manera más efectiva de conseguirlo. Y en eso no hay maestras más consumadas que las mujeres.

Mujeres diversas como el propio mundo, mujeres con distintas, a veces opuestas visiones y objetivos, con diferentes creencias, historia e intereses. Pero mujeres que, más que nunca en un día como hoy, debemos unirnos en la defensa de la igualdad y del valor de la vida. Nada puede ser más importante.

Feliz 8 de marzo.

María Teresa Fernández de la Vega

 

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