Que nadie se quede atrás

Este año, el 25 de noviembre, Día internacional contra la violencia de género, llega en un momento especialmente convulso. Un momento en el que las mujeres, en todo el mundo, estamos asistiendo a un repunte de la desigualdad, certificado por los informes internacionales más rigurosos, mientras, a raíz del caso Weinstein, vemos encadenarse las denuncias de acosos, abusos sexuales e incluso violaciones cometidos por hombres célebres o poderosos en los más diversos ámbitos.

Estamos llegando a situaciones extremas, en las que los juicios por violación se intentan convertir en juicios a la víctima, mientras se airean, y lo que es peor, se corean, las actitudes más machistas, las más destructivas, las que más ignoran y desprecian cualquier clase de respeto a las mujeres.

Es una situación insoportable para cualquier sociedad decente. Una situación frente a la que la rabia histórica, acumulada durante décadas, que muchos, yo desde luego, sentimos al ver acosadas y amenazadas a tantas mujeres, a tantas jóvenes e incluso niñas en todos los rincones del mundo, tiene que dar lugar a una auténtica revuelta ética. Una revuelta en la que, como dice el eslogan del día internacional, nadie puede quedarse atrás.

La ciudadanía global tiene que movilizarse para no retroceder un solo paso en el camino, que tanto nos ha costado recorrer, de esfuerzo y de lucha en defensa de la libertad, la integridad, los derechos y la dignidad de las mujeres. En defensa, en definitiva, de la igualdad, que hoy se ve especialmente amenazada.

El afloramiento de prácticas tan deleznables, tan ancestrales y tan generalizadas, como las que incontables denuncias ponen de manifiesto en estos días y la indignación y alarma que está provocando en el conjunto de la sociedad deben servir para reaccionar por fin de manera adecuada a esta anomalía democrática.

Porque, antes que nada, hablamos de eso, de una anomalía, de un déficit que está lastrando de manera insoportable la democracia en todo el mundo. Sin igualdad, que es un elemento constitutivo e insustituible de democracia, sin respeto a la integridad física y moral de las mujeres, que son ni más ni menos que el cincuenta por ciento de la población mundial, sin participación plena de ese cincuenta por ciento en la vida pública, en la toma de decisiones, en el debate global, la democracia tiene pies de barro.

Y la desigualdad entre hombres y mujeres, con ser la más grave y onerosa, no es la única amenaza que vemos crecer cada día. También la desigualdad económica, la xenofobia, el discurso del odio, e incluso la compra venta de los seres humanos más indefensos y vulnerables arrecian en estos días en que, todo indica, hemos bajado los brazos frente a los riesgos que, lo sabemos, siempre afrontan nuestras democracias.

Además de una gravísima lacra global, la desigualdad entre géneros y en particular la violencia que se ejerce contra las mujeres es un síntoma de la descomposición de un sistema que cada día muestra más claramente  su incapacidad para dar solución a los problemas y conflictos de nuestro mundo globalizado.

Rearmar la democracia, recuperar y fortalecer sus valores fundamentales, poner en primera línea los derechos humanos, tomar conciencia de que la diferencia, la diversidad, la pluralidad son la fuente más caudalosa de riqueza con la que hoy contamos en nuestro mundo globalizado, han de ser los objetivos de una ciudadanía mundial que no puede permitirse por más tiempo la subordinación y el maltrato de una de sus dos mitades.

Todos los demócratas, mujeres y hombres, estamos llamados a participar de esta tarea ética, política, democrática, que es, sin duda, la fundamental de nuestro tiempo. Que nadie se quede atrás.

María Teresa Fernández de la Vega

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